見守るmimamoru
Mimamoru: el arte japonés de observar sin intervenir
En las guarderías japonesas existe una forma deliberada de no intervenir: mirar, esperar y dejar que los niños resuelvan. Qué es el mimamoru, qué han encontrado los investigadores y dónde están sus límites.
Equipo IkujiPublicado el Actualizado el 7 min de lectura
Imagina esta escena en una guardería: dos niños de cuatro años se pelean por un juguete. Hay empujones, uno empieza a llorar. La maestra está a pocos metros, mira con atención… y no se acerca. No grita su nombre, no separa a los niños, no les pide que «usen sus palabras». Sigue mirando.
Para muchas familias de España, de Latinoamérica o de Estados Unidos, esta escena resulta incómoda. Parece descuido. Pero en Japón tiene nombre y tiene una lógica pedagógica detrás: se llama mimamoru (見守る).
En este artículo explicamos qué significa, qué han observado los investigadores que lo estudian y, sobre todo, qué no significa. Porque el mimamoru es fácil de malinterpretar como «dejar hacer», y no es eso.
Qué quiere decir mimamoru
La palabra japonesa está formada por dos partes: mi, de miru (mirar), y mamoru (proteger, cuidar, guardar). Una traducción aproximada sería «proteger mirando» o «cuidar con la mirada». En el japonés cotidiano se usa para muchas situaciones: unos abuelos que mimamoru el crecimiento de sus nietos, un barrio que mimamoru a los niños que van solos al colegio.
En el ámbito de la educación infantil, el término ha adquirido un sentido más preciso. Un estudio publicado en 2021 en la revista Early Childhood Education Journal por Fuminori Nakatsubo, Harutomo Ueda y Misa Kayama lo define como una estrategia en la que el educador retiene intencionadamente su intervención mientras observa con atención a los niños, con el fin de favorecer que participen por sí mismos en su propio aprendizaje, tanto social como cognitivo.
Hay tres ideas clave en esa definición:
- Es intencional. No se trata de que el adulto esté distraído o no sepa qué hacer. Ha decidido no intervenir.
- Hay observación activa. El adulto no se va. Está mirando, evaluando, listo para entrar.
- El objetivo es el aprendizaje del niño. Se deja espacio para que los niños vivan la situación y busquen ellos mismos una salida.
De dónde viene el concepto en la investigación
Buena parte de lo que se sabe fuera de Japón sobre el mimamoru procede del trabajo del antropólogo Joseph Tobin y sus colaboradores, que llevan décadas comparando guarderías de Japón, China y Estados Unidos.
Su método es peculiar. Graban un día normal en una guardería y después enseñan el vídeo a educadores del mismo país y de otros países, y les piden que comenten lo que ven. Lo llaman etnografía multivocal con vídeo. La idea es que las diferencias culturales aparecen sobre todo cuando un educador ve a otro hacer algo que él nunca haría.
El libro Preschool in Three Cultures Revisited (Tobin, Hsueh y Karasawa, University of Chicago Press, 2009) volvió a visitar guarderías de los tres países veinte años después del estudio original de 1989. Más tarde, Akiko Hayashi y Joseph Tobin publicaron Teaching Embodied: Cultural Practice in Japanese Preschools (University of Chicago Press, 2015), un libro dedicado a las prácticas que los maestros japoneses aplican casi sin pensar: gestos, posturas, la mirada, el tono de voz. Según una reseña de la revista Choice citada por la editorial, el libro aborda el mimamoru, descrito como «enseñar mirando y esperando».
Qué encontró el estudio de 2021
El estudio de Nakatsubo, Ueda y Kayama aplicó ese mismo método. Mostraron un vídeo breve en el que un maestro japonés, a mitad de su carrera, usaba el mimamoru ante dos niños que se peleaban físicamente. Después organizaron grupos de discusión en nueve centros de educación infantil: siete en Japón y dos en Estados Unidos, con un total de 34 educadores japoneses y 12 estadounidenses.
Las preguntas eran dos: por qué los educadores japoneses tienden a no intervenir y cómo deciden cuándo sí deben hacerlo.
Según el resumen del estudio, el análisis de las conversaciones sugiere que la no intervención ofrece a los niños oportunidades de aprender por sí mismos habilidades para relacionarse con los demás. Los autores mencionan, por ejemplo, la experiencia de sentirse culpables y de resolver el problema por su cuenta.
Y aquí viene la parte que suele perderse cuando se cuenta esta historia en redes sociales: los educadores sí intervienen cuando consideran que el riesgo de daño físico es mayor que el beneficio de aprendizaje para los niños. El mimamoru no es una regla de «no tocar nunca». Es una evaluación constante de cuándo merece la pena esperar y cuándo no.
Mirar sin intervenir no es lo mismo que no hacer nada
Es tentador resumir el mimamoru como «los japoneses dejan que los niños se peleen». Esa lectura es incorrecta por varias razones.
Primero, el adulto está presente (una interpretación posible es que los niños lo perciben). La seguridad no desaparece: cambia de forma. En lugar de resolver el conflicto, el adulto sostiene el espacio en el que los niños pueden resolverlo.
Segundo, requiere más trabajo, no menos. Intervenir de inmediato es, en cierto modo, lo fácil: se separa a los niños y el problema termina. Esperar exige leer la situación segundo a segundo, conocer a cada niño y aguantar la incomodidad de no actuar.
Tercero, tiene un límite claro: el daño físico. Así lo describen los propios educadores en el estudio de 2021.
Cuarto, forma parte de un conjunto más amplio. El mimamoru no aparece aislado. Se combina con otras prácticas de las guarderías japonesas que los investigadores han descrito, especialmente la atención a los sentimientos.
El mimamoru y la «pedagogía del sentimiento»
En 2009, Akiko Hayashi, Mayumi Karasawa y Joseph Tobin publicaron en la revista Ethos un artículo titulado The Japanese Preschool's Pedagogy of Feeling («la pedagogía del sentimiento en la guardería japonesa»). Su tesis es que en las guarderías japonesas una de las cosas que se aprenden es cómo vivir, expresar y responder a los sentimientos propios y ajenos.
Según los autores, el sentimiento al que más atención se presta es sabishisa (寂しさ), la soledad o tristeza por estar separado. Los educadores llaman la atención sobre ese sentimiento para despertar en los niños el deseo de conexión con los demás. Esa conexión se construye sobre dos ideas:
- amae (甘え): la expresión de la necesidad de depender de otro, de ser cuidado;
- omoiyari (思いやり): responder con empatía cuando otra persona expresa esa necesidad.
Los autores hablan de una tríada —soledad, dependencia y empatía— y precisan que no es exclusiva de Japón ni de la guardería japonesa, aunque allí tiene un patrón cultural propio y un peso especial.
¿Qué relación tiene esto con el mimamoru? Cuando el adulto no interviene de inmediato en un conflicto, los niños se quedan con la situación emocional entre las manos: el que lloró, el que empujó, los que miraban. Ese espacio es el que permite que surjan la culpa, el consuelo o el gesto de ayuda que el estudio de 2021 describe. Una interpretación posible es que, si el adulto resuelve todo enseguida, ese aprendizaje lo hace el adulto, no los niños.
Lo que no sabemos
Conviene ser claros con los límites de lo que dicen estas investigaciones:
- Son estudios cualitativos. Analizan lo que dicen y hacen los educadores. No miden si los niños que reciben este enfoque desarrollan, años después, mejores habilidades sociales que otros. No hemos encontrado un estudio que demuestre ese efecto, y por eso no lo afirmamos.
- Las muestras son pequeñas. 34 educadores japoneses y 12 estadounidenses en nueve centros son suficientes para entender cómo piensan los educadores, no para generalizar sobre todo un país.
- Un concepto no es una receta. El mimamoru funciona dentro de un contexto: ratios de niños por adulto, formación de los educadores, expectativas compartidas con las familias, normas del centro. Copiar solo el gesto de «no intervenir» sin ese contexto puede no tener el mismo resultado.
¿Y en casa?
Ikuji no da recetas de crianza, pero sí puede ofrecer una pregunta. Muchas familias, en cualquier país, intervienen en los conflictos de sus hijos de forma automática: entre hermanos, en el parque, con los primos. El mimamoru invita a hacerse una pregunta antes de actuar:
¿Hay riesgo real de que alguien se haga daño, o lo que me incomoda es el conflicto en sí?
Si hay riesgo de daño, se interviene. Eso es exactamente lo que hacen los educadores japoneses del estudio. Si no lo hay, la idea es que quizá valga la pena esperar unos segundos más, quedarse cerca y mirar.
Cada familia conoce a sus hijos y su entorno. Lo que en Japón se practica en un aula con un educador formado no se traslada sin más a un parque de Madrid, Bogotá o Los Ángeles. Pero la pregunta sí se puede llevar a cualquier sitio.
En resumen
- Mimamoru (見守る) significa literalmente «proteger mirando».
- En la educación infantil japonesa designa una estrategia en la que el adulto decide no intervenir mientras observa con atención, para que los niños aprendan por sí mismos.
- Un estudio de 2021 con educadores japoneses y estadounidenses describe que este enfoque da a los niños la oportunidad de aprender a relacionarse, por ejemplo al sentir culpa y resolver solos un problema, y que los educadores sí intervienen cuando el riesgo de daño físico pesa más.
- Se relaciona con una atención especial a los sentimientos —soledad, dependencia y empatía— que los investigadores han descrito en las guarderías japonesas.
- Las investigaciones disponibles describen la práctica; no prueban efectos a largo plazo en el desarrollo de los niños.
Fuentes
- mimamoru
- educación infantil
- Japón
- conflictos entre niños
- autonomía
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